Cuando dice que no siente miedo al fracaso suena un poco pretencioso. Pero al enumerar algunos de los oficios, locuras y aventuras en las que se embarcó borra cualquier duda que pueda quedarle al interlocutor. La vida de Lito Socolsky parece irreal, como salida de una novela: en 64 años hizo bonsai, fue el primer miembro argentino de la American Kite Asociation (una asociación internacional de volantines), voló a Bercelona sólo para asistir a la ópera y para comer, fue campeón de bridge en Menorca, le vendió una perra schnauzer a Eduard Roschmann, el nefasto "Carnicero de Riga" -lógicamente, sin conocer la verdadera identidad nazi de su cliente-, se recibió de ingeniero, fue un exitoso comerciante de perfumes, fundó un taller de artesanías, escribió guiones, aprendió a hablar siete idiomas y condujo un programa de televisión en el que llegó a cocinar hasta Álvaro Alsogaray.

"Todo me ha interesado, en todo me he metido, todo me ha preocupado; a algunas cosas las hago bien, a otras no tanto y a otras muy mal", se justifica. Así parece disculparse por sus intensísimas e inspiradoras ganas de vivir. Pero, sin dudas, hay algo que Lito sabe hacer mejor que nadie: cocinar. Y tras varios años en Europa volvió a Tucumán para abrirles el corazón de su casa de barrio Sur a sus amigos-clientes.

Hasta el vínculo de Lito con la gastronomía es particular: le apasionó desde chico ("el problema era que en una familia judía de la década del 50 a los hombres nos sacaban corriendo de la cocina", recuerda entre risas). Por eso recién aprendió el oficio en el regimiento de Granaderos a Caballo, donde hizo el servicio militar a fines de los 60. "Era como la oficina de relaciones públicas del Estado, porque (el presidente de facto, Juan Carlos) Onganía pertenecía al arma de caballería -explica-. Los colimbas cocinábamos y ahí aprendí a hacer platos exquisitos".

Con el paso de los años, su pasión se materializó en las invitaciones que les hacía a sus amigos cada vez que cocinaba delicias. Y por esas ironías de la vida, esa costumbre terminó transformándose en el sustento de su familia tras el cierre de la perfumería Rubio, de la que era socio. "Quebrado y en la lona, me salió una propuesta de trabajo gastronómico en España: me pusieron a cargo del casino mahonés, en Menorca. Volví hace tres meses", cuenta en el sorprendente living de su casa: los enormes ventanales hacen que uno dude de si se encuentra dentro de la vivienda o en el patio. De noche, ese espacio cobija a los comensales que asisten a Mô, su pequeño restaurante privado (al que sólo se puede acceder haciendo reservas por teléfono).

En la cocina, Lito se describe como un histérico creativo al que es necesario ponerle límites. "Al armar un menú entra en juego lo que a uno le gusta ¿Por qué solemos decir que la cocina de mamá es la mejor de todas? Porque tu mamá cocinaba con cariño y le gustaba darte de comer para verte contento. Eso pretendemos los cocineros: hago lo que creo que hago bien y lo someto al juicio de la gente", se define.

- ¿Cuál es el perfil del comensal que prueba tus platos?

- Lógicamente, es muy difícil que el hombre que va a una parrillada venga a mi restaurante. Pero en Tucumán hay personas que aprovechan un viaje a Buenos Aires para comer algo más que pastas, pizza o asado. Yo quiero darles esas opciones.

- ¿Sabemos comer en Tucumán?

- Pasa lo mismo en todo el mundo: uno cree que los franceses comen fantástico, pero, en realidad, comen porquerías, al igual que acá. En Argentina tenemos excelentes materias primas. Y donde no poseen esos elementos deben ingeniárselas; ahí es donde aparece la cocina. Uno imagina que los españoles prefieren la langosta, pero el plato más valorado en este momento se llama chuletón ¡Y es una simple costeleta!

Rico en todos lados

A pesar de la exclamación, Lito sostiene que el gusto estético dejó de ser cultural y que se convirtió en universal. "Un plato es rico en todo el mundo", sentencia, e inmediatamente se refiere a Ferran Adriá (considerado uno de los mejores chefs del planeta) a quien estudió y del que importa platos a Tucumán: "la esencia de la cocina deconstructiva es usar los mismos ingredientes y los mismos sabores, pero cambiar las texturas y las formas de cocción. Por ejemplo, la tortillas de papa líquida que inventó Adriá y que incluí en mi carta".

Eso sí: más allá de la técnica que se utilice, Lito aclara que la clave de la exquisitez está en lograr que el producto mantenga toda su nobleza. "Esa es la gracia, porque si vos le ponés salsa a una trucha, la vas a arruinar", destaca este hombre que recorrió los restaurante de Barcelona luego de veladas en la ópera con la intención de absorber las tendencias más importantes de Europa. Ahora, de vuelta en Tucumán, encara una aventura más en su vida: ofrecerles a los amantes de la buena comida la posibilidad de hacer un paseo por los caminos gastronómicos de la España que le regaló sus sabores.